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(Extracto de la novela “Serpientes en la hierba”, Paloma Pájaro 2016).

 

Al arrancar el motor, se encendió automáticamente la radio. Sonaba el Preludio Criollo de María Luisa Anido.

—¿Lo ves, Darth?, hemos llegado a tiempo—, exclamó Ka gesticulando.

Conducía por una amplia avenida flanqueada por palmeras. A un lado, se divisaba una iglesia blanca. Justo en ese momento, una anciana con bata roja empujaba la puerta del edificio. Aunque estaba cerrada, la mujer insistió. Ka observó la escena unos segundos y luego pisó el acelerador al ritmo de los comentarios, algo mortificantes, de la locutora.

—Con María Luisa Anido, conocida por sus alumnos como Mimita, nos despedimos en este espacio América Mágica que hemos dedicado al monográfico femenino plural, a una reunión de compositoras iberoamericanas a través del tiempo.

La joven echó un último vistazo al asiento del copiloto: la botella de agua de litro y medio y un cuaderno saturado de marcadores adhesivos de múltiples colores. Bajó la ventanilla del coche y sintió el roce de la cálida brisa. Ka aprovechaba sus viajes para evadirse. Recordaba en aquel momento la autobiografía de Richard Feynman. En un momento de su libro explicaba cómo había descubierto que su cerebro era capaz de pensar en varias cosas a la vez: el experimento consistía en contar hasta treinta con los dedos y leer en voz alta al mismo tiempo. Ka decidió ponerse a prueba. En primer lugar, detectó un plano atencional básico, desde donde su cerebro gestionaba automáticamente los estímulos de la carretera. Un segundo foco le permitía tararear el Allegro maestoso del primer movimiento de la Sinfonía nº 2 de Malher, cuyos primeros compases se escuchaban ya en la radio. Atrapada por la violenta energía de su marcha fúnebre, la joven atravesó el polígono industrial sin darse cuenta.

Una vez sumergida en el ritmo apacible del Camí la Vela, atajo ceñido por hermosos campos de naranjos y centelleantes regueras, alcanzó un tercer nivel de pensamiento: colocada en pleno lóbulo prefrontal apareció, formidable, la imagen de Kroma. Pero justo en ese momento le fue imposible seguir tarareando. «Tendré que entrenar con más ahínco aquello del multipensamiento», se dijo. En sus viajes, la joven hablaba con el TomTom, que, a la sazón, estaba programado con la voz de Darth Vader y alertaba felizmente sobre la presencia de radares en la carretera.

—Después de 400 años luz, gira a mi derecha —indicó el temible cíborg tras emitir, solemne, una de sus corrosivas respiraciones—. Después, gira a mi derecha.

—Escucha, Darth Vader —añadió Ka—, nos esperan siete horas de viaje. Tienes que ayudarme a mantenerme despierta, ya sabes a qué me refiero.

—Gira a mi derecha —insistió el TomTom—. Después, pásate al Lado Oscuro.

—En serio, ¿no podrías sonar un poco menos depresivo? —continuó Ka tras beber un poco de agua— En fin, yo empiezo. Presta atención, por favor: el primero se llama Kroma, es muy fuerte, tiene un cerebro enorme y vive en el norte de la península Ibérica, en el concejo de Piloña, cerca de Borines, en Asturias. Pero a Kroma estos nombres le resultan extraños. Él utiliza otras palabras.

—Después de 800 años luz, únete al Imperio —interrumpió el temible Sith sin contemplaciones.

Imperio significaba ‘carretera principal’, Galaxia indicaba ‘rotonda’ y años luz eran ‘metros’. Ka abandonó el camino bordeado de acequias y tomó el acceso hacia la N-322.

—Kroma siente debilidad por la playa de la Piedra —continuó—. Para alcanzarla hay que descender una pared vertical muy peligrosa. Pero hoy merecerá la pena el esfuerzo: tiene hambre y le gusta la carne salada que encuentra pegada a las rocas. Parado al borde del acantilado, observa el final del Gran Río. Presta atención, Darth —añadió, modulando dramáticamente la voz—: Kroma ha extendido su brazo y dibuja en el aire la línea que separa el cielo del mar. Luego sonríe, recoge sus herramientas y desciende ágilmente hasta la playa de la Piedra.

Nuevos carteles en la carretera indicaban Valencia peaje. En la radio sonaba el Andante moderato del segundo movimiento de la Sinfonía Resurrección de Malher.

—Querido Vader —continuó Ka—, han pasado unos 49.000 años desde que Kroma bajó a mariscar a la playa de la Piedra. Su ADN, o quizás el de un primo suyo, quedó tan bien conservado en el yacimiento de El Sidrón que en el año 2013 el equipo de Svante Pääbo, del Instituto de Antropología Evolutiva de Leipzig, logró secuenciar el genoma completo del neandertal a partir de un pequeño fragmento de hueso. Gracias a eso, ahora sabemos muchas más cosas sobre Kroma y su mundo, pero aún no estamos seguros de lo que pudo pasársele por la cabeza cuando trazó la línea imaginaria del horizonte desde lo alto del acantilado.

—Pipipi. Pipipi.

Alerta de radar por cortesía de Lord Vader. El coche redujo la velocidad a la entrada del túnel. A Ka le proporcionaba un intenso placer memorizar las cosas que escribía —ya fueran notificaciones para Facebook, intensas cartas de amor o artículos de investigación para su Trabajo Fin de Máster—, para luego soltárselos, palabra por palabra, al TomTom, a su madre o al enamorado imaginario de siempre, invariablemente entusiasta. A veces, antes de dormir, escogía fragmentos especialmente complejos y los lanzaba al segundo plano atencional de su cerebro, a esa especie de limbo o eternidad donde los pensamientos eran repetidos como mantras hasta que perdían completamente el sentido.

—En el satélite, gira a mi derecha, primera salida.

—Gracias, encanto. En mi caso —continuó—, la idea de que la Tierra es esférica, gira sobre sí misma y da vueltas alrededor del Sol, es producto de un conocimiento adquirido, y realmente realizo un acto de fe grandioso al creerlo a pies juntillas, pues jamás he salido de safari por el Universo para comprobar si es cierto o no. De buena gana podría admitir que mi convicción sobre la esfericidad de la Tierra no es tanto una idea como una creencia.

—Tu falta de fe me resulta molesta —espetó Vader de repente.

A menudo se cabreaba si uno no seguía sus indicaciones de ruta. Pero lo cierto era que no había ninguna salida a la derecha.

—Cielos, Darth, ya sé que tu caso es diferente —añadió Ka en tono obsequioso—. Tú dominaste el viaje interplanetario, el interestelar, el intergaláctico, qué sé yo.

Doscientos metros más adelante, encontró la salida a la derecha. Ka pasó el peaje electrónico y se sumergió en el ritmo apacible de la AP-7.

—Lo que mi cerebro percibe en su experiencia cotidiana —continuó mientras adelantaba a un Megane Scenic igualito al suyo—, es que el Sol sale por Oriente y se esconde por Occidente mientras nosotros, los pedruscos y las gallinas nos mantenemos quietos. ¿Lo entiendes ahora? Haz un esfuerzo, por favor. La conclusión natural a la que podría haber llegado Kroma hace 49.000 años, es que el Sol se desplaza a través del cielo mientras la Tierra permanece inmóvil.

Nuevos carteles en la autopista indicaban salidas: Alginet, Algemesí, Benifayó, Centro Penitenciario, Picassent, Almussafes, etc. Sonaban los primeros compases del tercer movimiento de la sinfonía de Malher y Ka subió el volumen de la radio.

—A nuestro cerebro le resultaría relativamente sencillo, entonces, llegar a la conclusión de que el Sol es un disco plano, ya que nuestros ojos ven un círculo, ¿no te parece? Un círculo relleno de fuego, puesto que emite calor y luz. Y muy poderoso, probablemente un dios, ya que dependemos de él pero no lo comprendemos. Por otro lado —añadió gesticulando con la mano izquierda—, si nuestro Dios es un disco plano, lo lógico es pensar que la Tierra también lo sea.

—En la próxima galaxia, sigue el camino de La Fuerza —anunció Vader.

Una destartalada ganadera les adelantó por el carril derecho. Un rótulo escrito a mano indicaba «Transporte de animales vivos». Ka sonrió y pulsó el intermitente.

—Por otro lado, una sencilla observación de los movimientos de nuestro dios Sol, nos sugeriría que el cielo tiene forma de cúpula. Para llegar a esta conclusión tan sólo sería necesario ir anotando, día a día durante todo un año y desde el mismo punto de vista, el lugar del horizonte por el que el Sol sale cada mañana y el punto por el que se esconde al atardecer.

Algunos coches circulaban ya con las luces encendidas. A un lado de la autovía se levantaban las grandes fábricas de cemento que circundaban la A-3. Ka redujo la marcha y se arrimó al arcén derecho para observar con mayor atención las bellísimas moles de color rosa. En la radio sonaba, entre interferencias, el final coral de la Sinfonía nº 2 de Malher.

—Kroma tuvo oportunidades de sobra durante más de 250.000 años para observar este fenómeno. Puedo imaginármelo sentado a la entrada de su cueva, contemplando el horizonte una cálida tarde de verano —Ka impostó la voz para favorecer el dramatismo—. Mira allá lejos, Vader, hoy el Sol cae justo sobre la vertical de aquél pico de roca nevado. El espectáculo es grandioso y Kroma llama exaltado a otros miembros del clan. El Sol se oculta, finalmente, proyectando una aureola de luz vibrante en torno al pico de roca. Al día siguiente, Kroma se sienta frente a su cueva, expectante, para contemplar de nuevo la caída del Dios tras la montaña. Pero hoy el gran disco de fuego se ha desplazado y desciende desde un lateral del pico de hielo, no desde su mismo centro. Kroma no lo entiende. Desalentado, espera un día tras otro, y un día tras otro observa cómo el Sol va cambiando su posición respecto del horizonte. Et voilà! Pasadas muchas lunas, el Sol vuelve a esconderse exactamente tras el pico de roca nevada.

—Y yo me pregunto, querido amigo —dijo con teatralizado entusiasmo—, ¿es posible que Kroma memorizara estas posiciones en su enorme cerebro?, ¿que las comprobara cada vez que llegaba el frío del norte?

Pero Darth Vader seguía mudo. Ni una sola indicación en la última media hora; ningún aviso de radar; ninguna objeción a las conjeturas metafísicas que planteaba Ka. La joven inició un delicado tramo de pensamiento introspectivo al tiempo que atravesaba el río Tajo a 118 kilómetros por hora. El horizonte apareció estampado por una franja de densas nubes teñidas de rojo. Miró por el espejo retrovisor: tras ellos ya era noche cerrada. En la radio empezaron los primeros compases del Gloria Patri del Beatus Vir de Vivaldi.

—¡Ya era hora, coño! —espetó, golpeando el volante con feroz energía. Tras el estacazo, creyó atisbar un tímido arranque en la respiración estentórea del cíborg.

Detuvo el coche en un área de descanso, reinició esperanzada el TomTom y esperó hasta que el coro completó la última estrofa del Beatus Vir. Pero nada, Vader seguía sin reaccionar. Arrancó en el momento en que el público estallaba en un vigoroso aplauso y el locutor anunciaba una propina de la orquesta: Et in terra pax, de Vivaldi. A pesar de su voluntad inquebrantable, Darth Vader había sucumbido, arrojando a Ka a un pozo de profunda melancolía. Los carteles de la autopista indicaban la salida para la M-50, A-6 A Coruña, y avisos de nieve para el día siguiente. Una espesa y oscura bruma se había instalado en la carretera y la temperatura había descendido, bruscamente, hasta los 0 °C.

En la radio daba comienzo el programa de Luis Ángel de Benito, Música y significado. Fischer Dieskau cantaba el Opus 89, Im Dorfe, del Viaje de Invierno.

—Porque así vivió Franz Schubert sus treinta y un años —comentó el locutor—, a la sombra del gigante de Bonn, a quién le hubiera gustado parecerse en cuanto a solidez. También en cuanto a fuerza hercúlea, a construcción de monumentos tan invencibles como sus sinfonías.

La joven se sacudió una molestia en el cuello y estiró la espalda con gesto cansado.

—Quizás Schubert —continuó Luis Ángel de Benito—, no valoró que él mismo era más atrevido armónicamente que Beethoven y formalmente más innovador que el gigante de Bonn.

A Ka le gustaba la velocidad y los coches. Al igual que Marinetti, ella habría asegurado sin pudor que no había nada más bello que la entrada colapsada a un túnel de la M-30: dos serpientes de luces parpadeantes, las rojas a la derecha, las blancas a la izquierda, discurriendo a través de una cadencia etérea, casi metafísica, mental. Pero ahora la niebla no permitía superar los cuarenta kilómetros por hora, y todos los coches de la autovía circulaban por el carril derecho en solidaria armonía.

—En la fragilidad de Schubert —comentaba el locutor—, estaba muchas veces su grandeza. Schubert podía ser, aparentemente, muy convencional para algunos. Pero tiene un lado oscuro, un lado profundamente enigmático, que no ha calado en el gran público.

«Un lado oscuro», se dijo Ka. Y miró, preocupada, hacia el TomTom y luego hacia el cuaderno de notas que aparecía, desplegado, sobre el asiento del copiloto.

—¿Darth? —preguntó dulcemente. Apenas se vislumbraban las luces de los faros entre la espesa niebla.

—Escucha, amiguito —insistió con cautela—, podríamos continuar un rato más, ¿no te parece? Aún tengo que hablarte de Baitla, la sapiens australiana. Y de Laanda y su bella prima Saandea. Y de Tzà, el bosquimano que vivió hace más de 80.000 años en la bahía de Still Bay, a 300 kilómetros al este de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica.

—Y Schubert no era ningún conformista social o cultural —interrumpió Luis Ángel de Benito—. No era este niño bueno que algunas novelas nos han transmitido; algunas obras de teatro de Casona, ustedes recuerdan.

Sonó el piano sobrecogedor de Der doppelgänger. Sobreponiéndose a la voz doliente de Fischer-Dieskau, Ka se decidió a hablar, al fin.

—Se llama Baitla. Es muy ágil, tiene un cerebro enorme y vive en la Región de los Lagos Willandra, cerca de Nueva Gales del Sur, en Australia. Pero estos nombres le resultan extraños. Ella utiliza otras palabras.

El tráfico en la autovía avanzaba lentamente entre la espesa niebla. La joven cambió a segunda marcha. De buena gana hubiera parado quince minutos para tomar un café caliente en cualquier estación de servicio. Pero sabía que luego el insomnio sería terrible y debía estar en el Palacio de Congresos a las diez de la mañana, de modo que continuó su relato, en tono lineal, visiblemente abatida.

—Baitla siente debilidad por la mujer anciana que camina a su lado. Para aprovechar el frescor de la noche, salieron del poblado cuando el Sol se escondía. «Aquellas montañas son las montañas del ocre», dijo entonces la mujer anciana: «Llegaremos antes del amanecer». A Baitla le gusta untarse el cuerpo con ocre y soporta el cansancio del viaje siempre que la mujer sabia esté con ella. A un lado y a otro, el espacio es inmenso: solo las estrellas en el cielo y el páramo blanco que resplandece bajo la luz de la luna. Al fondo del páramo, la montaña del ocre. Al principio, Baitla sólo puede ver un pedazo de su cumbre pero, a medida que se acercan, la gran mole de roca emerge, lentamente, de la tierra plana.

A la altura de la AP-51, el banco de niebla fue perforado, de pronto, por un espacio transparente que esclareció el paisaje nocturno con una pureza casi sobrenatural. El rosario de coches atascados aprovechó, entonces, para expandirse, desahogarse, vigorizarse. Ka aceleró.

—Pipipi. Pipipi.

La joven dio un respingo en el asiento y observó la pantalla del TomTom.

Vader, ¿eres tú?

Pero no hubo respuesta. De todas formas, había sido un aviso de radar, así que pisó el freno por si acaso.

—Tu falta de fe me resulta molesta —soltó Darth Vader pasados unos segundos.

—¡Cielos! ¡Has vuelto! —gritó Ka eufórica— ¿Quieres un café? —añadió, radiante.

El cíborg emitió una respiración abisal y estremecedora.

—Solo, por favor —respondió.

El coche realizó un brusco viraje pero Ka reorientó fácilmente el volante. Una intensa sensación de alerta se instaló en su espina dorsal cuando oyó, de nuevo, el inicio de la respiración mecánica del Sith más poderoso de la Galaxia.

—Has controlado tu miedo. Ahora, libera tu ira —ordenó Vader.

A un lado de la autopista se deslizó, veloz, una gasolinera. Tras ella se elevaban agudos riscos de roca desnuda. Unos metros más adelante, el coche se sumergió de nuevo en una espesa burbuja de niebla y Ka redujo la velocidad.

Nerviosa, manipuló la pantalla del TomTom. «La señal GPS se perdió hace 2 horas y 7 minutos», indicaba. El aparato seguía desorientado y la flecha de ubicación oscilaba en un área vacía del mapa. Ka buscó una colilla en el cenicero y la prendió con el mechero del coche. Llevaba cuatro semanas sin tabaco, pero en aquel momento propinó una profunda calada al seco cigarrillo y sintió con intenso alivio cómo chisporroteaba la punta incendiada entre sus labios.

—Veo que has construido un nuevo sable de luz —sonó la voz abisal de Lord Vader—. Tus habilidades están ahora completas.

Instantáneamente, le vino a la cabeza la posibilidad de una cámara oculta. Para tranquilizarse, trató de visualizar a un señor bajito enganchado a un tubo de submarinista. Pronto se sintió como un insecto: observada por millones de rostros extraños, criaturas absurdas muriéndose de risa en los sofás cheslong de sus casas. Corrigió su postura en el asiento tratando de mostrarse digna.

—¿Eres un ángel? —preguntó con fingida insolencia.

—¿Un ángel? Tú no conoces el poder del Lado Oscuro.

Ka tardó un minuto largo en reaccionar. «Solo es un actor de pacotilla improvisando frases ingeniosas a través del snoorkel», se repitió.

—La capacidad de hablar no te hace inteligente —soltó, tratando de parecer audaz, pero estaba segura de que su cara delataba su angustia interior.

—Tu enfoque determina tu realidad —respondió el cíborg—. Percibo el miedo en ti.

—Sí, claro, pues como tú —añadió Ka, histérica, intentando reavivar la tercera colilla del cenicero—. Tú eres un tío atormentadísimo pero has encontrado en tu…, en tu trabajo, pues eso, una forma de canalizar tus angustias y tus cosas.

—Apaga tu sable láser y escucha: tienes odio, tienes ira, pero no los utilizas.

—En serio, ¿te vas a poner en plan terapeuta?

Si de verdad había una cámara oculta, lo de chupar las pavas del cenicero debía resultar patético.

—De acuerdo —admitió tras un momento de reflexión—. Yo debería manejar mejor mi intimidad, mi soledad. Todos deberíamos hacerlo…

—El miedo a la pérdida, un camino hacia el Lado Oscuro es.

—¡Ese no eres tú! —exclamó Ka estupefacta— ¡Tendrás jeta!

—La habilidad para destruir un planeta es insignificante frente al poder de La Fuerza.

—Ah, sí, ya veo. Y dime, ¿es posible aprender ese poder?

—Conviértete en mi aprendiz. Juntos dominaremos la Galaxia.

Sumergida en la espesa niebla, la joven no distinguía las luces de los otros coches. Sólo veía las líneas blancas del asfalto fluyendo, hipnóticamente, hacia su interior, penetrando hasta los niveles más profundos de su cerebro reptiliano.

—Siento una perturbación en La Fuerza —dijo el Padre Oscuro.

—Tú siempre sientes perturbaciones en La Fuerza.

Ka giró la cabeza hacia la ventanilla y añadió en tono defensivo:

Lord Vader, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Siempre y cuando yo pueda hacerte una primero, ¿tienes tiempo?

—Limitado.

Un agujero de claridad taladró de nuevo las tinieblas de la carretera. La noche brilló: restos de nieve en los campos, – 2°C en el exterior, Lord Vader hablaba:

—¿Cómo crees que se sintió Franz Schubert aquella mañana de abril de 1823? Esa noche había nevado y la estufa se había apagado. Son las 6 de la mañana y las campanas suenan en la cercana Iglesia de la Trinidad. En ese momento, Franz Schubert se da cuenta de que tiene sífilis. Y ahora quiero saber qué crees tú que sintió esa mañana de abril, sentado en su cama, mirando su pito enfermo.

Ka seguía concentrada en algún punto indefinido entre la luna del coche y la noche transparente. Trató de encender la última colilla del cenicero. A pesar de la situación, tuvo tiempo para pensar en la arbitrariedad con que la ley enfrentaba ciertos comportamientos cívicos. Aunque era fumadora, se daba cuenta del tremendo peligro que entrañaba encenderse un cigarrillo al volante: atinar con la llama del mechero y estamparse contra el pilar de un viaducto era sólo cuestión de segundos. El Viaducto del Río Voltoya a la altura de Vicolozano, por ejemplo, pura carambola. Y, sin embargo, estaba permitido fumar al volante.

Alejó la furtiva imagen de su cerebro y se sacudió una molestia del cuello. Poco a poco, la seductora voz de Luis Ángel de Benito fue filtrándose, entre interferencias, hasta lo más profundo de su enmarañado cerebro.

—… sentencia terrible que fue el diagnóstico de la sífilis… un Schubert renovado… regeneración y cosas así y hubo una eclosión… pero también aparecen penumbras… misa en mi bemol, su sexta…

Ka trató de sintonizar la emisora: búsqueda de mapa de frecuencias, Radio Nacional de España, Radio Clásica, provincia de Salamanca. Algunos copos de nieve empezaron a agitarse frente a la luz de los faros cuando el dial digital se detuvo en el 88.1 FM. La iluminación nocturna de la capital se proyectaba sobre el techo de nubes bajas y, aún lejos, en el horizonte, un sector del cielo apareció tiznado por un cautivador color rojo.

—Y vamos a despedir esta aproximación al lado oscuro de Schubert con otra canción de este ciclo de Heine —continuó Luis Ángel de Benito—. También triste, lo sentimos. Yo sé que algunos de ustedes, jóvenes de la LOE o de la LOMCE, querían La Trucha, o algo así, pero nada de trucha. Hoy es triste todo.

Sonó el piano arrebatado de Gerald Moore, que servía de fondo a la introducción del locutor.

—Es Die Stadt, La ciudad. También del ciclo de poemas de Heine. Dice así: En el lejano horizonte aparece, como un espejismo, la ciudad, con sus torreones velados por el ocaso. Un vientecillo húmedo riza las frías aguas del canal. Con ritmo triste rema en mi barca el barquero. El sol se levanta, una vez más, bañando el suelo con su luz, y me muestra aquel lugar donde perdí a mi amada.

—Fin del poema —sentenció Luis Ángel de Benito—. Ustedes verán, a lo largo de todo el poema, la figura del vientecillo o de esa brisa siniestra. Esta deriva tiene algo de la barca de Caronte, de la Isla de los Muertos. Schubert prefiere poemas así en estos sus últimos días. Así que con esta canción vamos a despedirnos por hoy, queridos amigos, sin Trucha, lo sentimos.

La tormenta de nieve arreció. La torre de la Catedral de Salamanca asomó, ceremoniosa, entre las sombras mientras el tempo obsesivo del piano de Gerald Moore, invitaba a la risa trágica frente a la angustia de un futuro impredecible, de un tiempo aún por venir, mucho más allá de Beethoven.

—Pipipi. Pipipi.

—¡Pero si vamos a veinte! —exclamó Ka.

—Después de 400 años luz, mantente a mi derecha.

Ka enarcó las cejas y se sacudió una molestia del cuello.

—Después de 200 años luz, huye… huye.

—Ya, ya. No te enfades. ¿Pero tú has visto cómo está la carretera?

El tráfico apenas avanzaba. Cambió a segunda marcha y apagó la radio.

— El miedo a la pérdida, un camino hacia el Lado Oscuro es —dijo Ka en voz alta.

—Pipipi. Pipipi.

—Calma, calma, amiguito. Ya llegamos.

La joven sacudió la cabeza y observó la ciudad a través de la ventanilla: los parterres de las rotondas cubiertos de nieve, las hermosas circunvalaciones, las calles desiertas, el silencio, las cabriolas de los copos de nieve, el trémulo palpitar de las luces en algunas ventanas —gentes aún despiertas, probablemente felices—. Desde luego, uno siempre puede quedarse inmóvil, acorazarse, cerrar el pico, acostumbrarse. Pero al final, el mundo está ahí y tu madriguera nunca es lo suficientemente hermética.