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Alguien, pensando que hacía algo bueno, liberó a las serpientes.

Una intervención de Enrique Marty para la Capilla del Museo Patio Herreriano de Valladolid.

Paloma Pájaro. Noviembre de 2015.

Hoy día vivimos las tensiones de un mundo estetizado y en permanente proceso de mercantilización. Todo aparece filtrado por el concepto de utilidad, todo se mide por su valor de uso y por su valor como producto apto para el consumo inmediato, lo que pone en peligro actividades tan esenciales para el ser humano como son la experiencia del arte y la experiencia del pensamiento.

Fijando una mirada crítica en esta racionalidad pragmático-técnica que prevalece en nuestros días, Enrique Marty se nos presenta como un artista de una honestidad poco frecuente que, además de dominar una técnica inigualable y poseer una voluntad y libertad de trabajo a prueba de balas, acarrea un atípico sentido del humor, propio del ironista, que le proporciona una sana distancia respecto de sí mismo y de sus obsesiones, lo que nos lo hace más accesible como autor.

En los últimos tiempos más que nunca, parece que Enrique Marty ha asumido esta arriesgada tarea de hacer equilibrios al borde del abismo, eludiendo los imperativos de la moda y de la industria del arte, y escapando así de la mediocridad intelectual que intenta establecerse en todos los ámbitos de la difusión cultural. Una aproximación a la obra de Marty nunca podrá concluir, por tanto, en un análisis puramente formal, sino que se centrará forzosamente en su particular experiencia como pensador de sí mismo puesto en relación con «lo demás». Y este «lo demás» se vincula con algunos de los grandes planteamientos de la filosofía contemporánea, tales como la observación analítica de las estructuras morales y sociales, la propia definición del arte y del artista —de sus acotaciones y responsabilidades—, o la mirada crítica en relación a los modos de producción de la cultura y de la historia.

Exhibition documentation. Photos by Quique Acosta & Zacarías de la Calle.

 

 

Bajo el aparente caos de esta instalación en la Capilla del Patio Herreriano subyace el plano del barrio turinés donde Nietzsche perdió la razón. Asimismo, la obra El ocaso de los ídolos o cómo se filosofa a martillazos, atraviesa conceptualmente el proyecto de Marty desde sus orígenes, allá por el año 2011, cuando una primera fase de producción aunó cerca de 200 piezas bajo el título Fall of the idols y fue mostrada en Bruselas en 2013 bajo el comisariado de Filip Luyckx. Actualmente la serie cuenta con más de 500 piezas.

Y así como Nietzsche, al anunciar la muerte de Dios, alertaba acerca de la amenaza de un mundo del que se han abolido los Absolutos, el nuevo montaje de Enrique Marty nos informa del establecimiento de un nuevo tipo de nihilismo aunque en su respuesta se aleje del relativismo: puestos a creer en algo, dirá, tendremos que creer en el Arte y sólo en el Arte.

Absorbidos por las inercias propias de la rutina y por la tiranía de lo útil y lo reglado, nos sentimos casi siempre incómodos a la hora de cuestionar las leyes y el orden establecido. En este sentido el artista ha de asumir frente al mundo la función de dragomán. El auténtico artista debe ser capaz de hacer visible lo invisible, de destramar la complejidad de las realidades más profundas y de proporcionarnos una vía de acceso al desmantelamiento de las certezas que nos impone la sociedad. El artista asume, en su función de dragomán, la tarea mágica y sagrada de traducir para nosotros aquello que se nos escapa en la lectura más inmediata de nuestra experiencia diaria.

La muerte de Dios anunciada por el filósofo alemán, la pérdida de esa centralidad histórica y moral, inauguraba un territorio inexplorado, una nueva posibilidad de relacionarse lo humano con lo que es. Aún hoy día, parece necesario recordar que este aforismo no fue enunciado como una provocación o como una declaración violenta sino, más bien, como la descripción del fin natural de la creencia en las verdades supremas. Era un lamento trágico, la revelación dragománica de una situación moral y cultural extremadamente peligrosa: la caída de los valores eternos o, en palabras de Epicuro, de los falsos infinitos, disolvía conceptos cerrados —aunque extremadamente eficaces—, como los de Justicia, Bien, Igualdad o Verdad, poniéndonos de este modo en el oscuro camino del nihilismo pero también situándonos en un horizonte nuevo, abierto a la posibilidad de crecer  más allá de todo límite.

Hoy día la mayoría de nosotros aceptamos la idea de que no estamos determinados por fuerzas exteriores, de que la vida está ahí para aprovecharla y que somos libres para tomar nuestras propias decisiones a través del ejercicio de la voluntad y del propio esfuerzo. Frente a esta laxitud, Marty cuestiona tesis clave de nuestra contemporaneidad tales como la idea de ultraestética, el principio categórico de hipersofisticación tecnológica, el concepto de identidad cultural e histórica, la propia categoría de autor, la sacralización de las destrezas artesanales impresas en la obra de arte o la idea de arte como consumo. El nuevo proyecto de Enrique Marty, lejos de dar por sentada una etapa de superación de los falsos infinitos, visibiliza los nuevos conceptos supremos heredados de la postmodernidad, desmontándolos y reevaluándolos desde un lenguaje plástico de extrema crudeza e ironía feroz.

Exhibition documentation. Photos by Quique Acosta & Zacarías de la Calle.

El montaje en el Herreriano surge de los restos acumulados durante años en el estudio del artista y de la colaboración con personas ajenas al ámbito de la creación. Partiendo de la documentación fotográfica que el propio autor registra de manera compulsiva a lo largo de sus viajes por todo el mundo —en particular de objetos y piezas de carácter religioso—, estos restos de taller se usan como material de construcción de nuevos iconos. Icono-ídolos resignificados, por tanto,  a través de un triple bucle y salto mortal, ya que no sólo los redefine la naturaleza pobre del material empleado, sino además el propio proceso de fabricación, distanciado del concepto clásico de autoría especializada, así como las condiciones psicofísicas del contexto donde se exhiben, una capilla católica habilitada, hoy día, como espacio para el arte contemporáneo.

En su intervención, Enrique Marty invalida de forma furiosa otro de los grandes mitos de la museística contemporánea: el prejuicio moderno que repele la acumulación y exige la soledad de la obra de arte en el museo. El montaje heterogéneo e hipermasivo de Alguien, pensando que hacía algo bueno, liberó a las serpientes, no sólo es utilizado como recurso formal sino que responde a una necesidad semántica: la lucha infatigable contra toda pretensión de pureza, la afirmación de la imperfección como signo decisivo de lo humano y la primacía de lo acumulativo frente a lo individual y aislado. Simultáneamente, la mezcla de temas, estilos y materiales neutralizaba la lógica de la coherencia discursiva racional, la paradoja plantaba batalla a las lecturas cerradas y unilaterales y el meteorito expresivo del montaje se rebelaba contra la perversa higienización del consabido cubo blanco.

Aunque esta instalación se nos presente en apariencia como una acumulación fortuita de objetos y ruido visual, está sostenido sin embargo por un montaje reglado y meditado en profundidad, sopesado apriorísticamente con el fin de crear una estructura de sentido. La hipermasificación, por tanto, nada tiene que ver con el caos espontáneo que se organiza en un basurero sino que nos conecta más bien con las complejidades propias del interior de una selva. Complejidad, por tanto, entendida no como anarquía o confusión en las formas y los conceptos, sino como cualidad propia de aquello que necesita ser abordado con cuidado y reflexión, pero también con instinto y temblor, como ocurriría si penetráramos de noche en el corazón de un viejo bosque. Y en este sentido cabe recordar que la labor de un artista no es lograr hacer las cosas fáciles sino el hacerlas posibles.

Marty pone así en tensión los conceptos clásicos que definen lo apolíneo frente a lo dionisíaco, la contención y la claridad frente a la desmesura y la embriaguez, el orden frente a la complejidad. Y lo que aquí nos interesa no es tanto evidenciar el enorme abismo que separa ambos conceptos sino lo aproximados que se encuentran en realidad el uno del otro. Orden y complejidad como conceptos de complementariedad que, de igual forma, podrían ayudarnos a resumir la inabordable totalidad de este artista en su escala micro y macroscópica.

Pese a la extraordinaria complejidad de su factura, Marty es un artista de lo esencial  y en su ataque frontal contra los fines descriptivos o meramente decorativos del arte, renuncia a los efectos de la hipersofisticación tecnológica. Los ídolos de esta instalación, en su nueva naturaleza tragicómica y desnaturalizada, lucen toda la crudeza del material pobre con el que están fabricados así como las singularidades de su factura amateur. Aparecen acompañados, además, de toda suerte de objetos innobles: cajas de cartón impresas aún con sus marcas comerciales y recortadas con cúter, tuberías de pvc, estanterías sacadas de no se sabe dónde, luces y adornos navideños, vestuario de carnaval, tablones viejos, plantas y flores de plástico, conchas marinas, mascarillas de hospital, pelo de peluche, pelo natural o un saxofón, entre otros. La instalación aparece bañada, por otro lado, por una luz atmosférica no selectiva —ni tampoco manipuladora, por tanto—. No hay sonido ni proyecciones audiovisuales, ni ninguno de los recursos que con tanta despreocupación se utilizan hoy día para lograr el milagro de la intensificación artística.

Por otro lado, transformada la Capilla del Herreriano en un nuevo espacio de culto, el espectador se ve forzado a deambular eternamente en torno a este centro hipermasificado, estableciendo constantes diálogos entre los objetos y las miradas y dando lugar a contaminaciones constantes entre sentidos y contrasentidos, aunque sin poder penetrar físicamente en el núcleo inviolable del Sancta Sanctorum de los ídolos destronados. Y este aspecto particular de la puesta en escena también abre una reflexión en torno a la problemática de la recepción, al modo en que la obra de arte despliega sus significados y en cómo se crean los mecanismos de transferencia e identificación entre lo representado y el espectador.

A causa de este múltiple proceso de resignificación al que se han sometido tanto los elementos compositivos como los conceptuales, la instalación de Enrique Marty habilita una vivencia extrema, la de percibir como nuevo algo ya conocido. Es un espectador en estado puro, sin experiencia previa el que asomado a este fondo abisal, se verá obligado a sostener por sí mismo la lectura y el significado de la obra y, por extensión, el sentido del mundo.

+ INFO: http://www.enriquemarty.com/INSTALLATIONS._Someone,_who_had_the_best_of_intentions,_released_the_snakes._Museo_Patio_Herreriano_Chapel._Valladolid._Espana_%282015%29_Pictures.html#49