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Ingmar Bergman cascó hábilmente un huevo en la sartén, lo miró y añadió otro. Sabía que dar de comer a la señorita Bird era como verter agua en un saco de esparto: aunque tenía un apetito excepcional, no engordaba. La joven carraspeó levemente y se decidió a hablar.

—Yo, en fin… En 1990 completé la especialidad en Anestesiología por la Universidad de Pensilvania. Asistí después, en la U.S. Army, a los seminarios técnicos, y de ahí fui destinada a la 159ª MASH de la Guardia Nacional de Luisiana, donde ejercí como cirujana durante la operación Tormenta del Desierto.

Mr. Bergman sacudió la cabeza. Era inútil hacerle comprender que un robot era sólo un artilugio mecánico.

—Una criatura tan tierna no puede ser sólo una máquina —dijo mirando a la cámara y bajando la voz—. La mayoría son mejores que las personas.

En eso era terminante. Mr. Bergman puso los huevos y las alubias junto al humeante tazón de café y la señorita Bird contempló la comida con deleite y cierta sorpresa.

—¿Qué es esto? ¿Un segundo desayuno? — preguntó la señorita Bird.

—Estoy seguro de que ni siquiera ha tomado un primer desayuno.

Mr. Bergman arrastró una silla y se sentó frente al robot. Sus miradas se encontraron. Los ojos de la señorita Bird, de color negro muy oscuro, llameaban como una hoguera.

—Entonces, bueno, lo que yo querría saber es… —balbuceó la señorita Bird notablemente agitada—, es si yo he sido su primer gran amor.

—Oh, no, no. Ah, no.

—Ya… y entonces ¿quién fue?

—Oh, bueno, verá, primero estuvo Karin, en el Instituto Hersby Gymnasium de Estocolmo.

La señorita Bird se deslizó desde la silla hasta el suelo.

—¡Tóqueme el corazón! ¡Con el pie! —exclamó con desesperación.

Mr. Bergman se levantó, cerró los postigos y las ventanas, ajustó los pasadores, cerró la puerta de la entrada, giró la llave dos veces, colocó la pesada tranca de hierro y sin levantar la voz dijo:

—Usted no logró licenciarse, ¿verdad, señorita Bird?

—¡Demonios! —exclamó el robot cubriéndose la cara con las manos—. Abandoné para dedicarme a los negocios. No me juzgue con dureza, se lo ruego. Durante tres cursos mis notas fueron excelentes. Me fue muy bien en Ética y en Teoría del conocimiento, pero siempre sospeché que me aprobaron Ecuaciones Diferenciales sólo por compasión.

Por un instante, el anciano Ingmar Bergman temió echarse a llorar.

—Se ve que ha pasado usted por una experiencia traumática, señorita Bird. Cuénteme lo que pueda y recupere energía con un poco de vino —dijo ofreciéndole una copita de licor.

El robot vació el vaso de un trago y se levantó de la mesa.

—Debe usted saber que soy huérfana y que en realidad vivo sola en un apartamento en Inverness —continuó la señorita Bird paseando nerviosa por la habitación—. Me licencié en arquitectura naval y adquirí una notable maestría durante el tiempo que pasé en Murray and Brewster, la conocida empresa de Glasgow. Pero hace dos años decidí establecerme por mi cuenta y alquilé un despacho en Milburn Road. ¡Cielo santo! Supongo que hacerse autónomo es una experiencia terrible para cualquiera. En dos años sólo he tenido cinco consultas y todos mis ingresos se reducen a veintisiete libras y diez peniques. Yo, yo, ah…—añadió exhalando un profundo suspiro— yo fui probablemente una niña feliz.

La mirada de Mr. Bergman se detuvo, entonces, en el pequeño lienzo que el robot llevaba atado con una cuerda a la muñeca. Lo cogió entre las manos y lo observó con detenimiento. La escena pintada representaba un exuberante paisaje selvático con la figura de una niña vestida con camisón blanco y que corría descalza entre la maleza. La muchacha miraba hacia atrás con expresión atemorizada mientras una pequeña serpiente negra cimbreaba entre sus pies. En la parte inferior del marco aparecía, incrustada, una placa metálica grabada con el texto «EXIT/paradise».

—El futuro es siempre inquietante, señorita Bird, el pasado es mucho más sugerente —. El anciano gurú se atusó la barba rala con aire pensativo —Dígame, ¿le hubiera gustado ser Freyja?

—¿Freyja? —Exclamó el robot con los ojos incendiados— ¿La diosa de la guerra, la muerte, la magia, la profecía y la riqueza? ¡Sin dudarlo!

—Bien, entonces, les diremos que tú fuiste Freyja, señora de todas las batallas y conductora de las valquirias.

Imagen de portada: Freyja conduciendo su carro con gatos y flanqueada por querubines renacentistas, en una pintura de Nils Blommér. Wikipedia.